jueves, 30 de junio de 2011

El viaje de los maestrillos

Esta narración trata de comprender el viaje de unos 70 km. que debieron realizar dos maestros, Goyo y Máximo, un aparejador -Pedro- y  un médico -Jose-  desde calabozos de la ciudad de Ávila hasta un recodo de la Cuesta de la Parra, en  el término municipal  de Mombeltrán (Ávila).


 11 de septiembre de 1936.  7 A.M. CALABOZOS DEL CUARTEL DE INTENDENCIA DE ÁVILA.

-¡Arriba España! Vamos, maestrillos rojos, que  “sus” van a cambiar de alojamiento. Salimos de viaje.
-¡Arriba!
Las cuatro personas que ocupan los dos catres de ese calabozo se estiran, se desperezan malamente.
-Poco lejos vamos –ha dicho Goyo -: a las tapias del cementerio.

Se hace el silencio entre los hombres. Llevan más de un mes compartiendo miserias y pedos, y también pan y tocino, y patatas con arroz reventado, pero sobre todo miedo. Un miedo que les sierra el cráneo cada vez que escuchan tan vecinos gritos, golpes, juramentos y quejidos de los interrogatorios, de los escarmientos. Todos los días traen gente detenida de los pueblos. Han oído frases como esta:
-¡Rojo de mierda, te voy a reventar el alma, te voy a pegar un tiro por la boca que te va a salir por el culo!
La segunda noche escucharon un tiro. Todavía les dura el estallido en las sienes. En ese estrecho calabozo la respiración se hizo definitivamente contrita y agalopada, como de un gorrión en la mano.

Pedro rompió el corrosivo silencio:
-Bueno, no tienen por qué matarnos. No tendría sentido; nos han dado de comer estos seis días.
-Lo que se dice comer..., -Dijo Goyo- ¡son las sobras del rancho del cuartel!
-No nos pueden matar ¿Quién enseñará a leer a sus hijos? ¿Quién los va a curar?, necesitan médicos; somos útiles, pueden destripar a todos los jornaleros que quieran, pero cuesta mucho dinero y bastante tiempo hacer un médico.
-Suerte tú, Jose, para maestro creen que vale cualquiera...
-Mira, nos traen desayuno.
-Hoy café, señoritos. Apartarse de la puerta, que entro.
El carcelero les entrega un puchero con café y unos coscurros de pan duro. Los encarcelados han de apañarse usando por turnos un único vaso de aluminio que queda permanentemente en la celda.
 -No me gusta eso del CAFÉ, significa en la jerga de los pistoleros fascistas Camarada Arriba Falange Española.
-Déjalo hombre, para una vez que se estiran…, nos lo vas a amargar.
-Me cagüenlá, está frío.
Cinco minutos después:
-Rojos, aviaros que vamos de viaje. Aquí no hay sitio, tenemos mucho trajín repasando a todos los rojos de los pueblos. Hay  que espulgar to la provincia. Os llevamos a Arenas de San Pedro, que hay un edificio grande, esa  va a ser vuestra prisión.
-Al Castillo, -dijo Máximo- nos llevarán al Castillo que llaman de la Triste Condesa.
-No, maestrillo, vamos a llevaros a una cosa mejor, a un palacio, me han dicho que a un palacio de príncipes.
-Sí, yo lo conozco: es el Palacio del infante don Juan; el medio palacio, porque le falta un ala, está inacabado. Dicen que allí estuvo Goya, y el Músico italiano Luigi Boccerini.
-Bueno, nos cambian de palacio -dijo con sorna Jose-. Aquí donde estamos, este cuartel, era el Palacio de Los Polentinos.
-No os creáis, -remachó Goyo bajando la voz- esa historia de Arenas de San Pedro, es para que vayamos dóciles al degolladero.
-Hombre, -dijo Pedro- se puede entender. Aquí es verdad que tienen mucho trajín. Si no han sido capaces de ganar ya, esto es una guerra…, y tienen que vencer a Madrid, a Bilbao, a Barcelona y a Valencia... No va a ser cosa de un par de meses, ahí hay mucha gente. Tienen que empezar a pensar en el futuro próximo, preparando cárceles, y en el futuro lejano: nos necesitan cuando se arregle esto, cuando llegue una paz. Todos tenemos familias relativamente pudientes, si pasan por encima de nosotros, pasan de alguna manera por encima de ellos. No creo que les interese. Además nosotros no hemos hecho nada, no hemos quemado iglesias, no hemos violado monjas, no hemos ocupado tierras... no hemos hecho nada.

-Hay que mirarlo bien, en Arenas hace mucho mejor invierno. No en vano llaman a la zona La Andalucía de Ávila.

-Venga, hacer vuestras necesidades, que arranca el camión.

El camión parte del cuartel cuesta abajo, en dirección a la Puerta de San Segundo. Se detiene para dar cuenta de su salida a los dos centinelas que vigilan esa entrada de la Muralla. El camión acelera cruzando el puente de piedra sobre el Adaja; este río en septiembre es una muda soga de humedad; desde julio no es capaz de llenar con sus aguas el alzud que hace funcionar las aspas de la Fábrica de Harinas. Por eso está parada y sólo ruido de motor los despide de las murallas que quedan a contraluz; los primeros rayos de sol rozan las almenas y se proyectan sobre los ojos de los presos que echan un último vistazo. Detrás se les agrega un coche con cuatro de hombres vestidos de civil. Llevan bien a la vista  fusiles Mauser.  Goyo no pierde de vista las armas, pero ya no se atreve a expresar su inquietud.
A las ocho sopla en el Valle Amblés un buen airecillo para la faena de limpia de las mieses de los que anden aún rezagados, porque ya la mayoría  de los labradores está cargando la paja trillada y barriendo las eras para el año siguiente. Entre El Fresno y  Salobral, el camión adelanta varios carros aparejados con redes barrigudas de paja.
-Estamos cruzando el Valle Amblés. ¿Veis como no nos llevaban al cementerio?
En la recta más recta que existe en la provincia abulense, la que va desde el pueblo de Salobral a la curva del  puente que vuelve a cruzar el Adaja, vigila como un escorzo de la Sierra de Ávila, el castillo de Manqueospese,  una mole granítica  perfectamente integrada con el fondo del cuadro, la verticalidad de la mampostería de sus muros envía un brillo que delata su poderío a decenas de kilómetros.
-Mirad ese castillo -dice Pedro-, parece que nos mira con indiferencia.
-Pues tiene una leyenda como de fantasmas -comenta Máximo- y precisamente tiene que ver con mirar. Un joven noble estaba enamorado y parece que era correspondido por la heredera de la Casa de los Dávila, que es el palacio adosado a la muralla que tiene un balcón renacentista que mira a esta sierra. Pero esta familia tan importante no le consideraba adecuado para su hija. Tras algunas peripecias en las que los jóvenes conseguían verse, al final al mozo le recluyeron en este castillo desde el que no puede contemplarse la acrópolis abulense, pero él  insistía declarando: “Manque os pese la veré” Para que triunfe el amor, el cuento termina con el empecinado joven, por medio de un largo mástil con una tela blanca, o espejos, o por señales de humo…, que siguió comunicando su amor. Pero ni desde lo alto de la muralla, ni desde lo alto del castillo es posible atisbar nada. En medio están los montecillos de Riofrío.
-La historia es deprimente. –comenta Goyo- Luego os quejáis de mí.

Pasado Solosancho, la vista a la derecha de la omnipresente Sierra de Ávila convierte a los ojos de los presos aquellas arrugas en  valles y cañadas por las que la imaginación se evade en huída hacia esa luz morada como tupida flor de cantueso, pero ya es tarde para la floración; es un espejismo. También es tarde para la escapada; es un puro sueño como el del mítico inquilino del castillo de manque os pese.

Mas adelante, en un bajo, hay un pueblo enfrentado a unas peculiares formaciones graníticas. El conductor del camión para a mear y se malencara con los cautivos:
-¿Sabéis como se llama este pueblo…? La Hija de Dios, y se va a llamar siempre La Hija de Dios. Dios triunfa; nunca va a ser nunca la hija de Lenin, enteraros bien, rojos de mierda.
No importa que los presos respondan que creen en Dios. De La Hija en adelante todo es cuesta. El camión barrita y va parándose en los cambios de marcha. Los piornos del páramo rodean los geométricos cuadros de pinos de repoblación. Pocas vacas están triscando los últimos pastos frescos de la temporada. Los vaqueros miran desde la ladera el camión como cosa rara.
La angustia del motor del camión se contagia los prisioneros, amedrentados en la contemplación de estos páramos incultos, casi desiertos, tan propicios para ese final tan temido. Goyo no tiene ánimos ni para ser agorero; con los ojos cerrados, está rezando pasar este trance.
Coronado el umbrío puerto de Menga, el camión coge velocidad bajando hacia el altiplano del Alberche. Todos se enfrían, alguno tose. El camión casi se detiene en el desfiladero de la Cueva del Maragato, una ciclópea garita de granito que lleva millones de años aupándose, soportando con altivez la erosión de la garganta de Navalacruz; y un par de miles de años viendo trashumancia, ejércitos y viajeros asombrados. El coche se adelanta  y alguno de sus ocupantes blande su fusil en precaución. No hay peligro, sólo se oyen pacíficos cencerros; un pastor en la ribera.
De la Venta la Rasquilla sale el ventero a ver pasar el convoy. Desde el coche se le saluda a la fascista y él responde solemnemente levantando el brazo plano; quien sabe si por  miedo o por empatía comercial. Puede que lo haga por la más pura convicción, ¿pero... alguien no lo haría?
Un kilómetro más adelante el convoy se detiene a beber agua y llenar cantimploras en la fuente de Los Serranos, que da buen agua y bastante fresca, aunque no tanto como la de arriba del El Pico, cuya frescura quiebra la garganta, además de resultar algo sosa. La cuesta se empina y serpentea entre nuevas masas de pinos. Los del coche vuelven a aprestar los fusiles por si acaso.
La guerra desapareció de estos pagos hace semanas. La caballería del Coronel Monasterio se paseó por aquí. La toma del puerto no llegó a ser ni una escaramuza. Dicen que al ver a los escasos defensores, los atacantes dieron aullidos a la manera mora y cargaron hacia ellos, y que  los rojos  perdían el culo  carrera abajo por la calzada romana.
Al culminar el puerto se contempla una vista de las más magníficas que brindan las carreteras españolas. Escoltado por la airosa cordillera del Torozo, existe un mirador que parece que sobrevuela en Barranco de las Cinco Villas; un cortado casi vertical. Además de abarcar al fresco valle, los días más claros se ven, mucho más allá de los llanos de Talavera, los Montes de Toledo. Cuando se asciende por su parte somera, viniendo de Ávila, nunca se sabe lo que depara este lado: unas veces el paisaje se torna luminoso, otras el cielo baldea con furia, algunas otras hay una apacible niebla que se tiende en el Barranco como una suave manta gris que oculta Las Villas realzando los altos del Torozo, Serranillos, La Rubía, La Seca, La Torreta, que rebosan ese  horizonte fantasmal.
Hoy encontraron un día claro que templó los cuerpos. El convoy vuelve a  parar porque uno de los ocupantes del coche baja a hacer de vientre. Goyo pide bajar también.
-Vale. Desátale. Que baje.
Uno de los ocupantes del coche sujeta horizontalmente el Mauser: 
            -Elige un sitio a quince pasos; maestrillo, espero que no se te ocurra desafiar mi puntería.
 Goyo acaba enseguida; tiene diarrea. Aunque pidió un trozo de papel del periódico de los vigilantes, no se lo han dado y no le queda más remedio que mal limpiarse buscando yerbajos. El que le apunta se mofa apremiándole y viendo como se afana. Goyo se ha manchado y al final se atreve a rogar acercarse “a ese venero de ahí” para lavarse las manos. Desde el coche sale una voz más autoritaria que ordena:
            ¡Venga, déjale!

Se lava. Vuelven a atarle. Otra humillación más, cuya impotencia impide reiniciar la conversación de los presos. El camión vira por las colgadas revueltas, en algunos momentos se embala por la pendiente. El que acompaña al conductor en la cabina sugiere que ponga una marcha más corta, a ver si van a quemar los frenos. En algunos recodos  se despeñan torrentes de agua. El vértigo, las nauseas que sienten los prisioneros no les impiden disfrutar del solemne paisaje. Pronto, cada vez menos ralos, empiezan a aparecer  pinos, castaños y prados de un verdor inconcebible en el otro lado del Puerto. Sintiendo el caluroso abrazo del Valle, ante tal magnificencia vegetal, Goyo recuerda una copla nostálgica de estos sitios:

Y al pasar el puerto El Pico

Volví la cara llorando

¡Ay los pueblos de mi Valle!

¡Qué lejos os vais quedando!

El pueblo de Cuevas del Valle tiene una fuerte tradición frutera; hay peras, naranjas, manzanas, además de olivos y vid; pero en esta época del año los higos están en sazón. Entre los preferidos, la variedad de higo morado destila por su ojo una miel de un dulzor que sobrecoge; hace levitar el paladar mientras los dientes muelen las semillas. La boca se llena de saliva al atacar este bocado, denso en los más animosos azúcares.
El coche desciende al valle y el olor dulce va sobreponiéndose al de la gasolina. Las higueras pletóricas son un reclamo que los del coche no van a ignorar; lo gritan sus estómagos.
Paran. Como niños, saltan una pared. -Aquí hay muchos, traed algo para llevarlos-. Con las hojas del periódico hacen cucuruchos en los que van recolectando. Mientras, se llenan la boca de higos reventones; los mejores,  los tocados por los pájaros.
Llega un zagal con un palo.
-¡Oigan! que estos higos tienen amo.
-Dile a su amo que esto es una guerra y que estamos dando nuestras vidas por Dios, y por La Propiedad. La Falange  lo está pagando con sangre.

El muchacho se calla. Hay mucha sangre cobrada en Cuevas.
Al llegar al pueblo los soldados nacionales, les salieron a recibir sus partidarios acusando que el día 19 de agosto los del Frente Popular se habían llevado a diez de Cuevas del Valle, que mataron en un sitio llamado Viña Esquinada.
Un oficial de caballería ordenó entonces:
            -En un pueblo tan pequeño…, diez muertos. Nadie los defendió; son culpables: ¡cuatro por cada uno!, que esta buena gente os haga una lista, y los que falten hasta cuarenta… ¡a matarrasa!  Digo más..., que si alguien quiere divertirse con alguna mujer de este pueblo, lo haga sin cuidado, que yo voy a mirar para otro sitio.

Cuarenta muertos, algunos acribillados en su propio predio; violaciones y también posterior ejecución de alguna violada. Demasiada sangre esparcida en un sitio tan pequeño.
El niño aprieta los labios. Los higos eran para Navidades. Conoce la sangre que se ha vertido. Su padre, que ha sido uno de los muertos, tampoco comerá higos este invierno.

El camión atraviesa la Calle Real de Cuevas del Valle. Los rústicos soportales serranos, los balcones pletóricos de tiestos, algunas enredaderas, dan un matiz humano apacible, acogedor entre tanta barbarie. El convoy sigue descendiendo hasta la Villa de Mombeltrán. Los de detrás del coche se zampan los higos que llevaban en los cucuruchos.
No tiréis el papel, que a lo mejor podemos vendimiar.
Mombeltrán es tierra más calurosa  y la más temprana en madurar de todo Valle. Por eso es posible que las uvas ya estén cuando menos pintonas. El coche pasa ante la prominente picota de este pueblo llamado por los lugareños “La Villa”. Las otras cuatro villas: Cuevas, Villarejo, San Esteban y Santa Cruz,  también ostentan este símbolo, aunque tienen el apellido “del Valle”  Mombeltrán no lo necesita: tiene castillo, tuvo hospital, conventos, palacios y muchos blasones de granito aún adornan sus casonas. La Villa tiene una plaza muy extendida, la Corredera, impropia de un pueblo serrano, apretado, como son sus pueblos vecinos.
Frente al Castillo de Alburquerque, está el Cuartel de la Guardia Civil donde se detiene  el convoy buscando novedades. Los presos miran los obesos cubos de la fortaleza en contraste con la panorámica de las airosas agujas del horizonte. Es un mediodía luminoso, hay gente por la calle, burros con aguaderas, mujeres que van a lavar al río, niños correteando...
  José, por entretener el tiempo, recordó en voz alta: “por el mil cuatrocientos, el señor de este Castillo, don Beltrán de la Cueva, se acostaba con la reina consorte de Enrique IV de manera tan notoria que a una hija la llamaban La Beltraneja”.
Uno del coche, lo ha oído:
            -Mu sabijondo eres tú, medicucho republicano. No escarmentaréis nunca esa boca.
 Dentro en la oficina del Cuartel, un mando militar dialoga con el jefe del convoy:
“Os lleváis a al maestro de este pueblo, que se llama Pedro; y a su hijo, que se llama Publio, que al ir a por su padre se empeñó: donde vaya mi padre voy yo.         
Os acompañan El Mariano y El Vainas; yo ya ni sé a cuantos se han cargao, seguro que ellos tampoco. No creas que pa esto vale cualquiera, si esos matoncillos de Falange que te acompañan no lo han hecho nunca.... igual, hasta se cagan o vomitan, pero de estos dos respondo, son unos fieras, bien pueden darles a los tuyos la alternativa. Verás que tampoco tienen melindres para rematar con la bayoneta; a estos no se los resucita nadie. Y luego, no tienen remordimientos: esta noche, como las demás, roncarán como cerdos”.
En cualquier bando de todas las guerras hay matarifes voluntarios, bien distribuidos por el terreno, es algo que brota sin saber de dónde; como las moscas verdes, a la mierda no le fallan.
Liando un cigarro de picadura, el militar pregunta al jefe del convoy:
-Oye, estos tíos… ¿por qué los traéis?
-Hombre, los maestros por ser maestros, ya no hace falta más explicación, la mayor parte ha entrao con la república y son de la cáscara amarga..., lo mismo que han hecho los rojos con los curas: sin más ni más. El Aparejador, además de ser de Barcelona, un día apoyó una huelga después de que se cayeran dos albañiles de un andamio.
-¿Y el médico?
            -Este médico dicen que ha dicho que el cuidado de la salud tiene que ser un derecho, que a los médicos los tendría que pagar un sueldo el gobierno y que debían atender a toda la gente. A todos, nada de pagar igualas, ni cobrar a los que no la tienen. Dice que la higiene y la buena salud de los pobres son necesarias para la salud de los ricos.
-Sí, -dice con sorna- es verdad; todos iguales…, no te jode... a ese rematadle bien que es un comunista de la peor especie.
El jefe de Mombeltrán tira la ceniza de su cigarro:
-¡Ah! si os cabe en el camión, llevaros  también al Bernardino, el carpintero. Que andamos mal de sitio en los calabozos.

El Vainas se sube a la caja del camión con los siete presos. No se inicia conversación. Goyo ve a la gente del campo que vuelve de sus labores a comer, los pámpanos están casi maduros, si no llueve en una semana habrá buen mosto, dentro de unos meses buen vino. La gente saluda con buena cara a los del camión, nadie repara en que ellos van atados. Ya están llegando a Arenas, parece que era verdad eso de la prisión en el palacio.

Él presiente que Arenas de San Pedro es muy bonito, un valle  cerrado completamente al Norte. No lo ha visto nunca pero ya sabe que tiene castillo, palacio, una torre de iglesia bien airosa y los mas afamados pinares de la provincia. Desde el palacio habrá buena vista, seguro que domina la ciudad y se  verán las montañas más altas de Gredos, seguro que son muy hermosas, sobre todo cuando las alumbre la nieve.
Pero en una curva cerrada el camión se echa a un lado. El Vainas arma el rifle, rápidamente han subido algunos falangistas del coche, y todos los que no están en la faena de desatarlos, los están encañonando.
-¡Venga abajo!, van tirando del camión a los que van desatando.
Goyo ha llegado el primero al suelo, aunque cayó de pie. Junto a los demás, le dirigen a empujones al terraplén de la curva. No se lo cree:
¡Bah! será un simulacro de fusilamiento. No son horas; lo va a escuchar toda la gente que hay en el campo. Quieren reírse de nosotros, darnos un escarmiento, otra humillación. No les voy a dar el gustazo de que me vean retorcerme. Esto es una farsa.
Goyo no llega a oír el disparo que le destroza la cabeza. Su cuerpo da espasmos involuntarios. Los músculos se contraen y se extienden en los últimos estertores reflejos, pero su conciencia se ha ido al instante; pensando que su muerte no era real, que ya no era lógica.




En las páginas 125, 126, 127, 128, 131, 139 y 234 del tomo diecinueve del libro de defunciones del Registro Civil de Mombeltrán están inscritos los fallecimientos por arma de fuego  de personas que tenían la misma profesión y  nombre de pila que los fusilados. Todos lo fueron en la cuesta de La Parra, y posteriormente he descubierto que hay más fusilados en esta saca.
 Lo demás es verídica ficción.

 No llego a comprender por qué se molestan en venir a fusilarlos tan lejos. Ocupan un camión y gastan un combustible del que no tienen que estar muy provistos (a pesar de los regalos de la Texaco al Bando de Franco). Lo único que se me ocurre es que perpetrando una matanza en esta zona tan díscola, y en un cruce de caminos, se trataba de dar un mensaje más de terror a los habitantes del Sur de la provincia de Ávila que siempre han sido más izquierdistas que los del norte y centro de esta provincia.

martes, 28 de junio de 2011

Para desmentir las noticias

que circulan sobre mi fallecimiento, después de que aparecieran en esta pantalla fotografías de penoso aspecto, unidas a una inquietante cifra de triglicéridos, vengo a dar una prueba de vida con estos dos videos que, unidos, forman la allemande BWV 997 de Juan Sebastián Bach interpretada por mí mismo esta misma mañana.
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martes, 21 de junio de 2011

El opio de los niños.


Hace 31 años se me podría haber visto bastantes tardes en el bar “El Águila” mirando  a una pantalla donde mi amigo Barreiro destruía asteroides sumando puntuación, hasta que eran demasiados y le copaban. Entonces sonaba una música catastrófica y a continuación salía la maldita leyenda de “game over”. No es que me interesara, pero era mi amigo el que tenía adicción a esos juegos. Afortunadamente, los cinco duros no le duraban mucho más de diez minutos.
Estoy seguro de que hoy más del 95% tienen una videoconsola portátil y la mayoría de ellos tienen además una consola de sobremesa. Hoy el jugar a videojuegos no está limitado por el “game over” y los cinco duros por partida. Nunca me gasté yo nada en estas cosas, pero tengo que reconocer que era mejor entonces, al tener una medida. El jugador debía ser muy cuidadoso en el juego, por economía. Ahora pienso que la generación de Barreiro será más responsable de todos sus actos que los niños actuales, porque éstos pueden ver destruido su mundo sin ningún drama, ya que tienen la posibilidad de reiniciarlo ilimitadamente.

Y lo hacen. Hay hoy muchos niños adictos a los videojuegos y  parte de su niñez se les va mirando esas pequeñísimas o medianas pantallas. Su realidad será en muchos casos ese mundo que conquistan o defienden de la invasión, o el laberinto lleno de peligros y sorpresas; aunque por la globalización, y por lo asequible, son los mismos mundos en los países desarrollados o subdesarrollados.
No creo que sean buenos: mi hija está en el 5% que no  tiene esos artefactos por culpa de la concienciación de sus padres. Se siente discriminada y se nos queja. De todos modos, juega como una posesa si algún amigo se la presta, o cuando nos toma el teléfono móvil o el de sus abuelos, donde también hay juegos. Tampoco sé si podemos estar equivocándonos y le quedará una frustración por ello.
Queremos preservar su vista y su tiempo, aunque hay padres que nos hablan de las bondades educativas de estos ingenios. Tienen hasta el juego del ajedrez, aunque nunca han visto a sus hijos jugando a eso. Son más atractivas otras batallas pensadas directamente para la consola. Yo creo que en muchos casos es una liberación para los padres, no tienen por qué perder el tiempo jugando ellos con los niños. Así disponen de tiempo libre para hacer tareas del hogar, leer un libro, echarse la siesta o ver una película. Con estas guerras de marcianos la paz está garantizada.
Algún día hablaré más de este tema. Ahora  acabo diciendo que quienes más aprecian la difusión de las maquinitas portátiles son los conductores de autobús. Ahora los niños de excursión no dan guerra, no se levantan ni molestan a los demás. A quién le importa si se pierden el paisaje.

viernes, 10 de junio de 2011

Bendita conjuntivitis


Y bendito paro que la parió. Como veis, sigo desnudando mi alma y mi identidad en primer plano para vuestros ojos ante este éter de electrones y silicio. Como parado desocupado me propuse adelgazar, andando la hermosa primavera bejarana en una semana algo lluviosa que fue la de final de mayo. Algo debí mojarme, o quedarme frío con el sudor a cuestas, que se me agarró a la nariz un catarro; a los dos días había trepado su infección a mis ojos. Nunca los vi así, de manera que decidí inmortalizarme (de eso se trata hoy) fui al servicio de urgencias donde me recetaron un colirio, que a los dos días blanqueó mi globo ocular. Pero, para recuperar parte del dinero de la receta fui a la consulta de mi médica de cabecera, que no me conocía, ni tenía ninguna referencia mía, por lo que me mandó hacer unos análisis de sangre.
Ayer, jueves 10 de junio, pedí cita para que me comentara los resultados. Saltó la alarma: 676 de triglicéridos (antes esa palabreja me sonaba a algo lejano que suele ir del brazo de -más conocido- colesterol, pero ahora que se ha hecho presente de esa manera pienso que son tres cerditos rosados, grasosos, que van patinando sus tocinos por mis venas, y se cagan y hozan en mi páncreas, y de no haber puesto remedio, debía de andar muy cerca yo de conocer a una señora muy malvada que se llama pancreatitis)
¡Vaya! tan orgulloso yo de mi sangre y resulta que tiene tanta grasa que se puede freír con ella. No quiero apuntarme al pánico. Desde anoche tomo un cóctel de cuatro desengrasantes, y esta mañana ya anduve e hice ejercicios una hora y media. En eso también me va a venir muy bien el no tener trabajo.
Lo peor van a ser las privaciones, tengo una dieta de mil quinientas calorías y ahora voy a tener que aprender a cocinar de otra manera. (tengo que decir que esta época es  un buen momento para experimentar con cosas verdes, que están de gran oferta tras la crisis alemana del pepino)
Esta mañana he ido al supermercado y he escrutado nuevas estanterías. Ahora paso de largo pasillos enteros donde antes compraba dulces, quesos, lácteos, helados. Menos mal que vivo en un mundo abastecido. Ahora aprenderé a jugar con los pescados hervidos y las especias, que no me han sido prohibidas.
Me llevaba muy bien con los dependientes de una carnicería. Debería explicarles por qué lo dejo todo menos el pollo, adiós cerdos, terneras, corderos, adiós chorizos de Guijuelo... se me ha pegado una canción de Amancio Prada que musicó un poema de Rosalía de Castro, “adiós ríos, adiós montes, adiós regatos pequeños...
Y a este blog también le mantendré un poco a dieta; ya me había puesto con el libro de la guerra y quiero seguir, así que el tiempo que necesito liberar también lo restaré de esta pantalla.
Pero nadie se me asuste, que me siento muy bien y estoy determinado a hacer las dietas que me manden y a tragarme todas las pastillas que me receten.

miércoles, 8 de junio de 2011

Víctimas de la Guerra Civil: Isidoro Rey

Historia de la familia de Isidoro Rey “Pijeta” fallecido en 2009.

Muchas familias son marcadas por el carisma del primogénito. La virtud del hijo mayor de Virgilio Rey Yestera, era la fortaleza física. Cuentan de él en Villarejo del Valle hazañas hercúleas como mover enormes piedras o levantar costales con una mano, que motivaron que a este muchacho recién regresado de Francia se le conociera como “brazohierro”
Máximo Rey “el Francés” “el boxeador” o “brazohierro”, había hecho sus combates de boxeo en Francia todos ganados por K.O. de manera que ya tenía un “patrón” (así me ha dicho su hermano Isidoro que se llamaba su representante, y me gusta más que “manager”) que quería encauzarle en esa profesión.
Precisamente fueron los temores de la madre hacia las consecuencias de este deporte y el pretexto de recibir una pequeña herencia hicieron que  los Rey retornaran de Francia a Villarejo para alejar a su hijo mayor de este deporte tan brutal, sin sospechar que escaparon hacia algo mucho menos saludable que el boxeo: la guerra. Pero es que también, el pequeño,  Isidoro, se estaba aficionando a eso de dar puñetazos en el ring. Como a todos los retornados del extranjero, las estructuras sociales del Valle y de España en general les resultaban caducas, depositaron sus esperanzas en la República como instrumento político para superarlas. Así Virgilio Rey, el padre de los hermanos boxeadores, entró a formar parte de la gestora nombrada en Villarejo por el Frente Popular en mazo de 1936.
 Una vez que llegaron las armas de Madrid en defensa de la República,  “Brazohierro” fue a luchar al Puerto del Pico. Allí le recuerda como “el boxeador”, Valentín González, de San Esteban del Valle. Su hermano Isidoro, siempre empecinado en seguir los pasos del hermano mayor, se escapó de Villarejo al puerto para luchar "contra los fascistas", pero no le dejaron empuñar un fusil porque sólo tenía 16 años, y además no había armas para todos. Isidoro recuerda al líder de las milicias del Puerto del Pico: Quintín, un Guardia de Asalto que estaba casado con una mujer de la villa de Mombeltrán.
La caballería de Monasterio dio hacia el 4 de septiembre, el empujón necesario para desmoralizar a los milicianos y junto con muchos otros de Villarejo del Valle, el joven Isidoro huyó a Arenas de San Pedro, la cabecera de comarca, que fue tomada casi al unísono por las fuerzas de Monasterio y las africanas de Yagüe, produciéndose el encuentro de los ejércitos nacionales del Norte y del Sur. Allí quedaron embolsados algunos republicanos que no quisieron o no pudieron retirarse hacia Madrid para continuar su lucha. Brazohierro se salvó por este camino y siguió peleando.

Tomada Arenas de San Pedro, habían comenzado los fusilamientos masivos en la zona. El mozalbete Isidoro presenció una escena que recordó vivamente para mí:
Se encontraba en la Posada del Sordo, que estaba en la Plaza de las Monjas. Allí estaba el famoso asesino “Quinientos uno” (1) y  cerca había varias mujeres llorando y gritando desconsoladas por interceder o por saber el destino de sus maridos o hijos. Salió “Quinientos Uno” y preguntó por alguien de Villarejo, que se les había escapado. Era el “Deme”. Sucedía que entre los 38 hombres que fusilaron ese día en la cuesta de la Parra, uno se le quedó vivo y pasó un carretero y le recogió y dio cuenta para que fueran a buscarlo. Hacia allí se dirigían los fusileros de “quinientos uno” pero en esos momentos apareció una unidad de las fuerzas de Monasterio y hubo una confusión y dispararon al grupo de 501 y esa aprovechó el Deme para escapar.
Volvía Isidoro con otros de su pueblo por la peligrosa cuesta de la Parra donde tantos fusilamientos se hicieron (2)  y fueron detenidos por otros soldados que les dieron el alto.
-Estos muchachos son rojos que al ver nuestras fuerzas, se han escapado para Arenas y ahora quieren volver a su pueblo.
Discutían sobre si fusilarlos o no. Isidoro pensó que de esa no salía.
Afortunadamente algún militar recordó que los frailes del convento de San Pedro de Arenas, primero habían sido escondidos en Villarejo y después fueron pasados por gentes de Villarejo al "otro lado" por senderos de en medio de la Sierra que sólo los villarejeros conocían bien.
Ese detalle les salvó.
-¡Venga, seguir pa vuestro pueblo!.

Isidoro Rey, el joven a quien a sus 16 años en el 36 no dejaron marcharse con los republicanos, los nacionales le obligan a entrar en guerra luchando para ellos.
Con el uniforme nacional acaba la guerra en Madrid. Siempre tuvo presente que su hermano se fue con los republicanos y confiando en que estuviera vivo, buscando se entera de que está en una cárcel de Alcalá de Henares. Isidoro no tenía ni una perra chica. Y se montó en un tren de mercancías, me dice que tardó tres horas en llegar a Alcalá. Allí pregunta por la cárcel. Un hombre con dos muletas (parece que le estoy viendo) le indica, pero al llegar a ese sitio le dicen que eso es una cárcel de mujeres. Es por ese motivo que anocheciendo ya, llega a la prisión donde está su hermano, que al parecer era una donde tenían sólo a oficiales.
Ha llegado tarde y le dicen que ya no se podía entrar, que ya no eran horas. ¿Y qué hago yo, que no tengo dinero?
-Pues si quieres, puedes quedarte a dormir aquí en el cuerpo de guardia de la cárcel. Y allí compartieron la cena con él y durmió, acomodándose entre ellos en esa pequeña dependencia.
Son actitudes de otros tiempos. Hoy sabemos que eso no sucedería. Nadie, de nuestros coetáneos españoles, lo ha pasado tan mal como aquella generación. Hoy tenemos demasiados miramientos higiénicos, de intimidad, de autosuficiencia, pero la gente de la guerra  estaba acostumbrada a dormir al raso, a compartir el calor humano, sus pedos y sus miedos, sus despertares angustiados, Una solidaridad en la desgracia que nosotros sólo podemos intentar comprender.

A la mañana siguiente los presos salían a cagar.
Fue a buscar a su hermano, pasó en un grupo y cómo estaría de delgado y demacrado que no le acertó a ver. Pregunto un preso ¿no está aquí Máximo Rey? Y le señaló. Entonces los dos hermanos se vieron y se abrazaron “de manera que no he abrazado a nadie en mi vida, ni antes ni después”
-¿Qué te han hecho Máximo?
-“Me pegan palizas, Isidoro, pero me tienen que atar. Te juro que si no me ataran no eran capaces ni de arrimarse a mí”.
Allí preso, estaba uno de Navarrevisca apellidado Matamoros, que había sido comisario político y le tenían incomunicado. Estaba preocupado porque su familia no sabía de él y le dio una carta a Isidoro para que la echara al correo. Menos mal que no se les ocurrió cachearme, si no de allí no salgo, me la jugué por hacer un favor. Luego lo he pensao. Esas cosas sólo se hacen en la guerra, jugártela por nada.
Y al regresar a Madrid cuanto tuvo dinero, puso un sello y la echó a un buzón.

Isidoro Rey, que todavía tenía que cumplir el servicio militar después de haber hecho gran parte de la guerra, se negó a pegar a ningún preso.
Pero tuvo que fusilar. Fue en Cuenca. No salían voluntarios.
Recuerda que en un grupo venía al paredón una mujer apoyada en su muleta, y se la tiró al pelotón, aunque no llegó a alcanzarles
- “¡tomad! para los fascistas inválidos” “tengo un hijo en Méjico que me vengará”
Isidoro me jura que siempre apuntó por encima de la cabeza de los condenados.





(1) este hombre, apellidado Vadillo, natural de Poyales del Hoyo era el matarife oficial de la zona de Arenas, Poyales y Candeleda. Le imputaban (o se autoimputaba) haber fusilado a 501 rojos, lo cual era una cifra exageradísima. Este hombre, pequeño de estatura, es un mito cuya arbitraria brutalidad le llevó incluso a ser encarcelado, un pequeño periodo de tiempo, por los nacionales.
(2) fusilaron, que yo sepa, a tres hombres de Cuevas del Valle

viernes, 3 de junio de 2011

Ultrasonidos.


Anteanoche escuchaba como mi niña me leía antes de dormir (primero ella me lee algo en voz alta para reírnos –ahora estamos con Manolito Gafotas- y después la leo yo, algo más descriptivo, para que se duerma)  Mientras ella me leía vi una mosca andando por el parqué de su habitación; me quité la zapatilla y la aplasté con suavidad, para no despachurrar sus vísceras manchando el suelo. No sé sí mis oídos dan para escuchar ese crujido mortal, pero lo presentí, o quizá lo escuché por analogía a alguna de las veces que, en silencio, he aplastado moscas contra los cristales. El caso es porque lo hice levemente, no creo que la mosca muriera en el acto; estaría en una terrible agonía con parte de sus vísceras quebradas colapsando poco a poco, un minuto o dos, quizá cinco. Pienso más, las moscas viven a una velocidad superior a la nuestra, cinco o diez veces, por eso cuando las atacamos, ellas nos ven llegar a cámara lenta y en muchas ocasiones consiguen escapar. Su agonía no duraría dos minutos, sino diez o veinte o cuarenta de sufrimiento: lo que no estaba yo dispuesto a enmendar, despachurrándola por piedad a coste de manchar ostensiblemente el parqué.
Lucubraba sobre la soberbia de  mi gigantesco desprecio por el dolor ajeno. Pero tampoco lo escuchaba, no fue nada parecido a cuando en octubre uso el insecticida spray, que las moscas hacen un molesto ruido aleteando boca abajo, desesperadas, descompuestas, su dolor debe ser enormemente cáustico (y multiplicado por 10).
Ahora pienso qué pensarán los judíos, de estos revuelcos desesperados de las moscas heridas de quemaduras de insecticida; no debe ser lo mismo habiéndolo padecido en carnes próximas.
A veces no nos damos cuenta del sufrimiento de los demás, no lo oímos, ni lo imaginamos. Nuestra sana invulnerabilidad no nos permite escuchar los ultrasonidos, aunque hayamos hecho daño sin darnos cuenta.

jueves, 2 de junio de 2011

Todavía más Azaña, (disculpad)



Renace el campo en El Escorial, y el acuerdo retórico de monasterio y paisaje se disipa. Desnudo en invierno, el campo no rebulle; la expresión del monasterio, plana y señera, atiende a corroborar lo que insinúa el contorno. Si el ánimo, penetrado de congojas en el monte, en el valle sumiso, en el húmedo robledo, se vuelve al monasterio, verá cómo las ordena, las clarifica, sacándolas de la maraña selvática del corazón natural, y las departe merced a la experiencia sazonada que lleva en sí el estilo. Quien esté solo, si su soledad le pesa, o barrunte un vivir frustrado o no espere ser más, mitiga el desengaño en midiéndolo por el patrón que brinda el monasterio. Todo en él aspira a ser eterno, y es ya impersonal, diría sobrehumano. No simpatiza, ni recrimina, ni conturba; formula sin ambages una verdad incompatible con la ironía. No es melancólico, aunque sus piedras amarillecen, porque nada echa de menos. Ni reticente, propone un sí o un no, sin medias tintas, a muerte o a vida, jamás un vivir muriendo, lánguido, ni muerte deleitosa o de buen sabor. Extirpa del corazón lo novelesco, de la paz del claustro el prestigio sentimental... Renace el campo; vuelve la Herrería(1) a sonar, a brillar; enciéndense de luz los montes, y el monasterio padece; en la inquietud de la primavera, su rigor se quebranta. 
Manuel Azaña “El jardín del los frailes”


(1)   la Herrería es un sugestivo bosque de robles que hay en El Escorial.

“El Jardín de los Failes” escrito y publicado parcialmente hacia 1920, es el libro de los albores a la vida juvenil de Azaña. Hay mucha espiritualidad. En los caminos de perfección religiosa que nuestro héroe transitaba  en un colegio de agustinos, irrumpieron dos jesuitas que propusieron alturas místicas que el joven Manuel no alcanzó y se sintió, primero indigno, y después descabalgado de aquellos anhelos.