lunes, 10 de noviembre de 2014

El mágico prodigioso de Calderón.


Esta expresión polisémica la conocí plenamente el viernes 7 de noviembre de 2014 en el teatro Juan Del Encina de Salamanca. Se trata de una obra de ese título: “El mágico prodigioso”, desconocedor de ella: la impresión del prodigio de aquella poesía dramatizada raya lo sobrenatural, lo increíble y, ofuscado, encantado, ése es el predicado que se me puede ocurrir aplicar a su artífice Pedro Calderón de la Barca: mágico y prodigioso.

Una obra muy bien  recitada e interpretada con briosa delicadeza por siete mujeres ilustradas, polivalentes y polifacéticas, que no importa que hagan, casi todas, papeles de varones, porque uno se olvida enseguida de este nimio detalle; los personajes de Calderón son, en muchos casos, arquetipos morales: trascienden la  carne y el hueso, así que igual da quien los encarne, fueran mujeres, negros, chinos o extraterrestres, (los que el autor sitúa en la Antioquía del siglo tercero antes de Cristo, un tiempo y lugar tan remotos como cualquier otro) resultarían igual de creíbles/increíbles si estuvieran bien recitados en español, porque hay mucha música, sólo de las alturas de nuestro idioma, en lo que Calderón escribió.

Y así fue: transcendencia, filosofía, teología, redención y -sobre todo- mucho libre albedrío postridentino.



Magnífico, “primum inter pares” el papel del diablo/diablesa: la perturbación, la perversión del bien, la sibilina captura para el redil infernal a través de la fascinación de la soberbia de razón, que el maligno, engatusa, enrevesa, precipita y atrae a sí, a un filósofo, que queda desdibujado al dejarse apresar gracias al amor terrenal. Ese personaje, que tanto nos encanta al principio por su hábil discurrir, termina desorientado, como un barco de velas desarbolado, como un pelele desesperando a quien sólo el omnipotente dios, gracias al amor divino, podrá redimir.


Uno se queda, uno se quedó, con ganas de leer la obra, de paladear las figuras poéticas y repetirse la música de sus décimas, lentamente, para aprehender aquello que fue tan fascinante, fugaz e inasible en 1637, como en 2014. La confusión cuasidiabólica que el arte dibuja en el espectador, que trata de abrir los ojos y las orejas a la magia que discurre.


La compañía se llama Primas de riesgo, por si se os presentan en alguna parte.


PD Al terminar, salimos a las calles de la enhechizadora ciudad, y posé la cámara donde pude para recoger estas imágenes.







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