miércoles, 20 de abril de 2016

Hoy me tomaron medidas.

Para un implante de muela. Yo pensaba que sería una consulta de minutos y ha durado media hora, por lo menos.
Y esto lo sé porque he llevado reloj. Me ha dado tiempo a pensar de todo, a conectar y a desconectar de la realidad. La realidad era que dos mujeres se movían en torno a mí, y yo estaba con la boca abierta: un poco más, un poco menos, con los labios más relajados, y también con la boca totalmente abierta, lo más que pudiera. Me han metido dentro moldes grandes y pequeños, cosas metálicas que se atornillaban, geles, pastas, y por supuesto, un aspirador de vez en cuando.

Este año estoy sin barba prematuramente, para facilitar esos manejos.

Lo primero que he pensado, hombre objeto como me veía,  es que estaba de cuerpo presente. Recuerdo cuando murió mi abuela María, que decidimos velarla en su casa. Un funerario  con un maletín de herramientas se metió dentro y pidió que le dejaran solo "para arreglarla"; luego, toda la gente elogiaba lo bien que había quedado, especialmente la boca.
He continuado pensando en eructos, en halitosis, en faltas de higienes clamorosas..., en todo el hollín que se encontrarán las dentistas dentro de las bocas abiertas. Y en que estas profesionales no pueden poner mala cara. Yo soy un hombre educado. culto y solvente, pero me preguntaba lo que pensarán de mi descuidada boca, en la incultura que manifiesta. Me da vergüenza que eso pueda ser así. A continuación pienso en la buena dentadura que tengo tanto, por parte de padre como por parte de madre, y lo poco cuidadoso que he sido en estos cincuenta y un años. Eso lo pienso siempre que me sientan en un sillón reclinable de estos.
He seguido mis lucubraciones con la idea de toda la confianza que deposito en esta gente. Aquí no estoy ahorrando ni comparando precios, no soy yo mismo. Y se me va el pensamiento a la gente que se va a Moldavia o a Marruecos a que le hagan estas cosas, ¿qué desconfianza no se sentirá?

También he especulado sobre que gastan un montón de productos y utensilios desechables. Yo, ¿valgo tanto? A veces pienso en todo el gasto que hay ahí, en luz, limpiezas, herramientas, cuarto de baño (por cierto impecable cuando he tenido que usarlo. Claro, es una tarjeta de presentación la higiene). Y calculo con estos márgenes, que en el fondo, no es tan caro.
También he reflexionado sobre el lenguaje, lleno de hiper educación, de diminutivos, para quitar importancia a todo, para no ser descarnado en nada; ellas, que ven toda la carne, color, llagas, restos de comida. Hasta el alma de ateo me ven con esa boca tan abierta.
¿Cómo no iba a pensar en el sexo? esas mujeres ¿qué pesarán cuando las besen en la boca? cuando las laman cualquiera parte de su cuerpo, cuando las muerdan ligeramente. Ellas, que tocan tantos labios, que conocen toda la geografía, la historia, la mecánica y los flemones, las piorreas (vaya nombre), las cirugías maxilofaciales, (espero nunca conocer yo eso)

También, como duermo fatal, como que me he relajado y me he quedado en duermevela o dormido, con el piloto automático ordenando la boca abierta. Quizá solo es que he cerrado los ojos, huyendo de la luz cenital.
No sé si admiro a mi dentista. Es joven y habla muy deprisa; supongo que me considera inteligente y culto por el nivel con el que me explica las cosas. Luego, mientras está actuando, no maldice, ni parece que yerre, supongo que tiene que decidir sobre la marcha. Pero parece tenerlo claro, transmite confianza. Al menos, eso quiero creer yo.
Espero.

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